
El carlismo es un movimiento político que tuvo su momento más espectacular durante el reinado de Isabel II, pero hay que buscar sus orígenes en el siglo XVIII y sobre todo a partir de 1820, con la Regencia de Urgel, y la revuelta de los Agraviados de 1827. Su lema Dios, patria, Rey y Jueces, resumido en el binomio Trono y Altar, articula toda la teoría oficial política. A estos elementos se suma la defensa del foralismo particular de cada uno de los territorios, aspecto que va tomando fuerza a medida que avanza la guerra, así como la defensa de la religión. Las intenciones centralizadoras y los ataques de los liberales al clero, sobre todo a partir de 1835 con la exclaustración y la desamortización, activaron la lucha. Los carlistas pretendían, además, restaurar la legitimidad, puesto que no reconocían valor jurídico a la Pragmática Sanción de 1830, ateniéndose a la Ley Sálica tradicional en la dinastía borbónica, por la que Don Carlos tendría que ser rey.
Junto al pretendiente Carlos se apiñaban los políticos absolutistas, una parte importante del campesinado del norte y de levante y las partidas de guerrilleros apostólicos. Un núcleo de fuerzas considerables que se llamaron desde ese instante carlistas y que han pervivido hasta nuestros días.
Desde 1833 el conflicto era de guerra abierta. Durante siete años en el norte de España y una parte considerable de sus zonas catalana y valenciana se vieron asoladas por una salvaje contienda, casi medieval. Una guerra de aceifas y de ciudades amuralladas, una guerra de emboscadas sin cuartel, una guerra donde más que un simple conflicto dinástico parecía dirimirse el enfrentamiento a muerte de dos mundos antagónicos, de dos épocas diferentes, distanciadas por siglos y extrañamente encontradas en el campo de batalla. Ciudades y pueblos utilizaron por última vez en la historia la protección de sus antiguas murallas. La muralla y el cañón eran todo un símbolo del enfrentamiento temporal de las dos ideologías en pugna.
Pero la guerra, cualquier guerra cualquiera que sea su signo está hecha por hombres y estos hombres, al margen de su ideología, pueden ser capaces de alcanzar las más altas cimas del valor. Veamos como Galdós, tan alejado de la ideología carlista, describía a su más valiosos general, Ramón Cabrera: "Su honradez era tan grande como su talento militar. En el interior de la región valenciana, en la zona más agreste de la comarca montañosa de Castellón, en el Maestrazgo, operaba y aquí cobro gran renombre. Agustín Nogueras habla así de él: "Jamás he visto más decisión, valor y capacidad. No es posible que las tropas de Napoleón hayan hecho nunca ni podido hacer una retirada por un llano de cuatro horas con tanto orden. Si a Cabrera no se le corta el vuelo, dará mucho que hacer a la causa de la libertad."
Si tenemos en cuenta que quien escribía esto era precisamente el brigadier cristino encargado de combatirle difícilmente podríamos encontrar mayor elogio de aquel cabecilla que tuvo el mérito, pobre mérito guerrero pero mérito al fin y al cabo, de convertir una serie de partidas dispersas y anárquicas en aquella comarca valenciana en un auténtico ejército regular. La guerra carlista registró en el Maestrazgo una mayor crueldad que en las comarcas norteñas. Habría que tener en cuenta que el Maestrazgo es zona montaraz, que los pueblos distan entre sí enormes distancias de sierras y llanos hirsutos, que la tierra es pobre, que sus hombres entonces como ahora, están acostumbrados a sufrir penalidades e inclemencias que les han endurecido. Esa dureza de los hombres y de la tierra se proyectó sobre la guerra.
Los pueblos eran incendiados, los prisioneros, cualquiera que fuera su edad o condición, eran inmediatamente fusilados. El mismo brigadier Nogueras mandaba ejecutar a la madre del cabecilla Cabrera. Y el que fue llamado el Tigre del Maestrazgo, al conocer la noticia, sintió acrecentarse su crueldad y convirtió la guerra del Maestrazgo en una de las páginas más crueles de la historia de España. La guerra pasó por Morella, como pasó por todos los pueblos del Maestrazgo, pero Morella, con sus murallas que la preservan casi milagrosamente del paso del tiempo, constituye para la comarca castellonense, lo que Estella era para Navarra, el enclave ideológico de una forma de vida que se negaba a desaparecer y que defendía su estancamiento temporal contra todos los embates del progreso. Con toda la crueldad que la presidió, la guerra carlista fue el aletazo final del más exacerbado Romanticismo. Era una guerra que jugaba a la muerte más allá del tiempo, una guerra en la que contaban, ¿por qué?, los actos de valor como dignos de ser contados por las gestas de la Edad Media, una guerra en la que contaba el prestigio, y ese prestigio se medía en muertos, ¿por qué? Algunos de aquellos hechos pudieran haber sido en los remotos tiempos de la Reconquista.
Pensemos en aquel general, que al frente de sus carlistas, recorrió media España en un alarde de valor que, como las aceifas musulmanas de la Edad Media, parecía no tener otro objeto que dar noticia real de su presencia y de su osadía, y eso en unos territorios, que vivían con la guerra ajena a su propia piel. ¿No tiene esta expedición una enorme semejanza con aquella otra llevada a cabo por Alfonso el Batallador tantos siglos antes?